Trato preferencial

Su nombre era Francisca aunque todos la llamábamos Paca. La había seguido discretamente hasta los andenes de la estación de Atocha por donde ella empezó a pasearse. Todos la veían pero nadie la miraba, intentaban evitar fijarse en la señora de extraña indumentaria.

Ninguno de los colores que componían su paleta tenía armonía, ni siquiera por obra del azar. Llevaba fulares decorando partes de su cuerpo a las que no pertenecen los fulares. Paca llevaba la cabeza rapada aleatoriamente porqué se había deshecho de las mechas fucsia que había acabado por aburrir. Describir la aberración en su integridad llevaría toda una tarde.

Como dije, ella se paseaba. Llevaba una cantidad excesiva de días repitiendo ese ritual sin saber que yo la seguía; ya no acudía al trabajo y su empleadora estaba posponiendo el despido procedente.

Cuando se paseaba observaba a la masa de personas. Allí donde los demás vemos gente corriente subiéndose y bajándose de los trenes, ella veía rumiantes que pastaban el cemento. Entonces lo comprendí: anhelaba la llegada de un toro que la embistiera, que la embutiese en un tren hacia Albacete o hacia Valencia.

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